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sábado, 18 de enero de 2014

El secreto de Neith.- Ramón Cuellar

Mil destrucciones de hombres se han verificado de mil maneras y volverán a suceder: las mayores por el fuego y el agua y las menores por una infinidad de otras causas. 
“Timeo o de la naturaleza” 
Todas nuestras palabras son necesariamente una imitación, una imagen de alguna cosa. 
“Critias o de la Atlántida”
 Diálogos, Platón


El 2098 llegó con su cargamento de anhelos, promesas, proyectos, junto con la idea de organizarnos para una mejor vida. En la noche de 2097 tuvimos una gran fiesta donde no hubo cabida para la tristeza; prácticamente el gobierno central tiró la casa por la ventana. Cómo me hubiera gustado que estuvieras conmigo. La idea de construir ciudades isla o flotantes, tú lo sabes, nació de un artículo escrito por César Ledesma Ayala, un periodista del semanario Punto de Partida, en el verano de 2024, y de la lectura atenta hecha por un ingeniero dedicado a diseñar conjuntos habitacionales; era la solución a lo que se planteaba como una utopía. Aunque ya somos menos que los siete mil millones de principios de siglo, la sobrepoblación rebasa los límites de la cordura; ya no alcanza espacio ni alimento para todos. Las enfermedades han acabado con los más viejos y han disminuido el número de niños. Tú sabes que debido al deshielo de los polos y a que el mar devoró las costas, cubriendo miles de islas y ciudades, las generaciones sobrevivientes tuvieron que huir hacia los lugares más altos, donde el agua no los alcanzara. Quienes vivimos en esta época no esperamos nada del futuro porque cada minuto es una oportunidad de vida, cada respiro es un segundo que disfrutamos como el último. Y no es una metáfora.
Tengo seis años en Atlántida, la ciudad flotante más grande de todas. Se llama así en memoria de un viejo mito que nos llegó a través de los griegos y que a su vez les llegó de los egipcios, quienes lo contaron de manera oral durante miles de años. Solón lo llevó a Grecia y Platón lo plasmó en sus Diálogos. ¿No lo recuerdas? No importa; de cualquier modo, qué bueno que regresaste de tu largo viaje de investigación. Te perdiste de una buena juerga; ojalá que hayas encontrado lo que buscabas. Hace varias noches que encallamos frente a lo que eran las costas de Canadá y Estados Unidos. Ya sabes que venimos del cono sur, donde cargamos combustible, semillas y alimentos. Todavía percibo en el cuerpo el cansancio de tanto bailar en el gran salón, la noche de año viejo. ¿Tú no?... cierto, no la pasamos juntos, estabas en otra de las islas, en Amasis. Suena paradójico que a pesar de los profundos cambios que hemos sufrido, todavía acostumbremos hacer festejos comunitarios y cultos religiosos.
Quién me diría que el 2091 era el último año que estaría entre los míos. Sobre todo junto a mi madre y mis amigos. Me vine a vivir a la ciudad isla de Atlántida porque allá arriba, en la montaña, mi madre insistió que era aquí donde debía estudiar: “Veme”, dijo, “nunca decidí nada ni nunca me casé; lo mejor que he hecho es tenerte”. Dejé el Puerto de Hércules, como le dicen al embarcadero, por parecerse al hundido Estrecho de Gibraltar (en algún momento se llamó Columnas), con miedo y dudas, porque mi madre se quedaría sola a su suerte; en esas condiciones era probable que muriera. “No insistas, Neith, tienes que irte, no te preocupes por mí, ya cumplí con educarte. No moriré, hierba mala nunca muere.”, replicó; yo no quería subir al barco que me llevaría hasta la isla artificial que había escogido. “¿Por qué a ésa?”, pregunté, “si hay cientos donde puedo estar cerca de ti”. “Atlántida es el sueño de hombres y mujeres, la población más equilibrada, la que recorre el mundo como un crucero de lujo; cualquiera mataría por vivir ahí”, recalcó con disgusto, para terminar la discusión. No alcanzaba a entender sus propósitos, supongo que a sus cincuenta y dos años ella lo tenía claro. Así que alistó mis cosas en una pequeña maleta, a pesar de mi negativa y me dejó en el atracadero sin volver la vista atrás. Vi cómo se alejaba en la lancha; no pude contener unas cuantas lágrimas que pronto se secaron porque el barco en el que viajaba había recorrido sus primeras millas náuticas.
Cuando bajé por la escotilla no me había percatado que estábamos en Atlántida. En la montaña hay pocas ciudades y la mayoría son más bien aldeas donde la gente comercia y trafica con las necesidades básicas. Cuando levanté la vista para mirar el horizonte, la ciudad flotante se me vino encima como una fotografía en tercera dimensión; entró por mis pupilas con su arquitectura de espejos y juego de luces matinales. Habíamos viajado toda la noche sin contratiempos; me asombraba arribar a la ciudad más famosa de la ingeniería moderna. Sólo el recuerdo de mi madre se erigía como una sombra dolorosa. Di mis primeros pasos por sus calles angostas, buscando un lugar donde hospedarme. No tuve que caminar mucho; a los pocos metros me interceptó una docena de guías turísticos y comerciantes que proponían e invitaban diferentes opciones. Dejé que una mujer me condujera hasta un albergue. Al entrar toqué una figura dorada para llamar al encargado; la escena me recordó las viejas historias de mamá que hablaban de campanillas en los mostradores de los hoteles. Después de alojarme, salí a recorrer la ciudad. Era tan grande como un país, del tamaño de las ciudades-isla Libia y Asia menor. Quise conocer todo en un solo día, pero lo cierto es que solamente pude visitar las fábricas de aguas termales y una planta generadora del vital líquido capaz de abastecer a cientos de pueblos; acabé con el cansancio a cuestas. Llegué al cuarto con el cuerpo adolorido. El resto de la ciudad lo he conocido poco a poco, con el pasar de los años. A pesar de que no somos muchos —según documentales de las estaciones aeroportuarias Atlántida tiene un fuerte control sobre la natalidad—, me fui haciendo a la idea de que sólo tendría un hijo. No sé por qué te menciono esto.
Aunque casi se une con el Océano Pacífico, el Océano Atlántico es el hogar de Atlántida. ¿De qué otro modo podría ser? No deja de sorprenderme que en los veranos la ciudad es capaz de moverse por sí misma ante las embestidas de los huracanes; si vienen del sur, Atlántida se mueve hacia el norte. Eso sí, recoge los torrenciales por conductos que imagino gigantescos porque las fuentes y las cascadas que se distribuyen en todo el perímetro urbano no cesan de fluir el agua a todas horas; no sé cómo funcionan ni cómo los hicieron. Sí, lo sé, qué quieres, no estudié ingeniería. Y lo más sorprendente de esta isla es el centro que resguarda el Palacio de Gobierno y las Cámaras Legislativas. Quizá es una manía, algunos le apodan “El Zócalo”. Son verdaderas obras de arte que combinan de forma extraña la arquitectura moderna con la clásica; la de los griegos y los romanos, exactamente. En los viejos libros de la Biblioteca del Congreso también descubrí que las ciudades flotantes ya existían desde hace siglos en forma de cruceros de lujo. Una de esas ciudades, llamada Titanic, se había hundido al chocar contra un témpano de hielo en 1912; su propósito esencial era transportar a miles de personas por puro placer. Ahora vivimos en los océanos por necesidad; ¡quién lo diría! Esperemos que la nuestra no acabe como esa isla de turistas.
Luego te conocí. Creo que fue en la escuela donde nos topamos por accidente y sólo nos quedó presentarnos. “Neith”, te dije. ¿Te acuerdas? Tú me miraste indagando el significado de mi nombre, pero como siempre escogiste tu silencio. Al final pretendiste pronunciar cuatro palabras, con un sonido gutural: “Es-de-origen-egipcio.” “Sí”, contesté, “no sé la etimología, sólo que es la diosa fundadora de Egipto y que tiene su similar en griego, Athene”.
A partir de ese día nos hicimos amigos, como lo somos hasta el día de hoy. No sé por qué acepté servirte de conejillo de indias. Me hablas de agujeros de gusano, de la relatividad, del espacio-tiempo, de la mecánica cuántica, de la teoría de las cuerdas que aspira obtener una teoría del todo que explique de modo definitivo el universo. No me revelas qué sentido tiene esa máquina que dices permite conocernos a nosotros mismos. ¿Qué no se supone que cada quien lo decide? Ya sé que te interesa mi capacidad para aprender idiomas rápidamente y la verdad no sé para qué. Te has entercado con eso. ¿Por qué es tan importante? No se me olvida que me obligaste, sí, esa es la palabra, a que aprendiera latín y griego antiguo de un día para otro. No entiendo cómo lo hago, sólo sucede; supongo que es un don de nacimiento. Me siento como la piedra de Roseta. De cualquier manera, eso no aclara tu intención de experimentar conmigo. ¿A dónde me mandarás con tantos idiomas? También afirmas que mi capacidad de resistir los torbellinos emocionales de los demás es un síntoma de que entiendo lo que haces. No es así, no sé quién soy. Sólo sé que mi madre me mandó a Atlántida y no he terminado de estudiar como ella quería. Ando de freelance y no tengo un hijo. Y no es que no asuma relaciones, el asunto es que no sé para cuándo sucederá. Tengo veinticinco años. A veces me dan ganas de regresar con mi madre; cuando me acuerdo de sus advertencias de no volver hasta que esté completamente formada, me detengo. ¿Cómo estará ella?
Entro a la máquina. Te miro para preguntar lo mismo: “Dime la verdad, ¿qué es esta cosa?” Me observas durante un rato, mientras presionas botones, jalas palancas, haces cálculos en tu bitácora, hasta que por fin sueltas que experimentas con el tiempo, que has logrado trasladar fotones de un sitio a otro, además de insectos. Dices con las manos que si recordamos el pasado, recordaremos el futuro. “Stephen Hawking tenía razón”, suspiras, emocionado. Bonita manera de decirlo, el futuro no tiene memoria; ¿quién puede recordar lo que pasará mañana? Pienso un poco sobre tu confesión sin decir una sola palabra. Levanto los ojos; con las cejas arqueadas resumo lo que no explicas: “¿Es una máquina del tiempo?” Asientes con la cabeza. No lo puedo creer, ¡te atreves a decirlo sin haberme consultado si aceptaba o no viajar en el tiempo!... Bueno, para serte sincera la idea siempre me pareció una fantasía porque más bien las personas utilizan esto para no tocar su presente. En serio, huyen de la realidad. Sí, te lo digo Juan para que me entiendas Pedro. ¿Que no estás delirando? ¿O sea que estás seguro de que funciona? Pues no sé, me horroriza lo que pueda pasar. La verdad, las máquinas me dan miedo. No me mires así, sería terrible dejar de sentir para convertirnos en una de ellas.
Hoy me he levantado con cierto desasosiego. Hace tanto que hablo en voz alta, lo aprendí de mi madre y probablemente ella de la suya; es como si con esa costumbre dejáramos constancia de nuestro paso por la vida cotidiana, como una grabación que sólo el aire es capaz de oír. La noche no me la pasé bien pensando todavía, al paso de tres semanas, en la máquina de mi amigo. Debe estar loco si cree que entraré otra vez. ¿Qué haría en otro tiempo?; ¿y si no regreso?; ni siquiera hay seguridad de que funcione, está a pruebas. Además, para fortuna, mi madre está conmigo. Acaba de llegar en el último transbordador que vino de tierra firme. Me siento feliz de tenerla, de sentirla, de olerla, de saber que no murió, que sobrevivió a los trajines de las aldeas. Está convertida en nómada.
Veo cómo se levanta y se acomoda nuevamente en la silla, desesperada; no encuentra su sitio. Lo único que quiere es moverse. Ha tomado la manía de fumar. Me encontró en el jardín del circuito interior de Atlántida, cuando hacía una inspección para la Facultad de Maricultura y Biotecnología: hay que estar al tanto del crecimiento de las plantas y de la maduración de los frutos porque suceden a diario. Estaba de espaldas cuando escuché su voz. Al principio creí que era la costumbre de recordarla tanto (percibo en lo más hondo de mí voces tan nítidas como grabaciones estereofónicas); la vi con su cara quemada por el sol, de ojos pequeños y nariz chata. Corrí hacia ella y extendió sus brazos para darme el más fuerte de los apretones. Se apartó para decir, seria: “Tienes que saber algo muy importante sobre tu origen.” La frase se quedó en el aire porque unos compañeros se acercaron para entregarme documentos.
Y aquí estamos, en el cuarto. Me reclama porque no he terminado mis estudios en seis años. Quiero responderle. Mis palabras se regresan a medio camino para recoger un pensamiento distinto. “Después del sacrificio de separarnos y andas todavía de estudiante”, espeta, molesta porque no respondo a su interrogatorio. “¿Qué quieres que te conteste?, Atlántida me ha exigido sobrevivir; no se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo; de todos modos ya casi termino la carrera; además, tengo un trabajo”, concluyo, para calmarla. “No es suficiente.” “De cualquier manera”, difiero, “le estás dando vueltas al asunto y no has dicho a qué viniste”. Mamá abre la boca para pronunciar algún sonido; unos golpes en la puerta la distraen. Me levanto para ver quién es: se trata de mi amigo. Mamá lo observa tratando de encontrar una relación más estrecha. Él se sienta, agobiado, con susto; nos dice, como puede, que algo grave pasa porque las autoridades se reunieron hace horas para decidir si evacuarán la isla. Mi madre y yo lo miramos. “¿Qué se supone que debemos hacer?”, pregunto. Él no dice nada, se dirige a la puerta: nos pide que lo acompañemos. Mamá y yo lo seguimos, calladas. En mi cabeza revolotean imágenes junto a mi madre: hay una amnesia frecuente, no recuerdo mi niñez.
Mi amigo nos conduce por los callejones de cristal hasta que llegamos a su casa. Nos abre la puerta. Nos sentamos en los sillones de la sala. Mi madre lanza una mirada con miedo; no entiende lo que sucede. Trato de consolarla y de hacerle saber que todo está bien; se pone más nerviosa; comienza a decir frases que no escucho, que las farfulla. Entonces él enciende el televisor de hologramas para que veamos lo que ocurre: un sismo fue detectado hace tres horas, gracias a lo sensores instalados en los fondos marinos, y está a punto de sacudir la Tierra. Atlántida no debe moverse en momentos así, su tamaño no permite los temblores intensos y sus consecuentes tsunamis. El noticiero dice que están evacuando, que vayan a los aeropuertos para subir a los aviones y helicópteros; irse a los embarcaderos resultaría peligroso, pues serían devorados por el maremoto. Él apaga el aparato; nos pide salir. Mi madre quiere saber por qué mi amigo se expresa solamente con señas; contesto que es sordomudo. Salimos de la casa. Me toco el cuerpo y siento que olvidé algo. Sin decir nada, por instinto, me regreso corriendo. Entro. De pronto la casa se sacude. La puerta se cierra. No la puedo abrir. Angustiada, volteo para todos lados, intentando encontrar una salida. Camino aprisa hacia el otro extremo y entro a un cuarto. Ahí está la máquina de mi amigo. Por mi cabeza cruza el rostro de mi madre. Ya debe estar a salvo. Tengo un sentimiento de no querer morir. La casa se sacude cada vez más. El agua penetra por todos lados. No quiero quedarme. El pánico se expande en mi pecho como una descarga eléctrica. Subo a la máquina; presiono una tecla que dice “iniciar sesión”. En mis oídos hay un sonido largo, agudo. Todo da vueltas como en un remolino. Los objetos flotan alrededor mío. El agua anega los escondrijos más recónditos, empapando lo que encuentra a su paso. Me siento como dentro de una pecera de luz. La máquina se eleva; todo se contrae en un punto. No siento mi cuerpo. Al principio observo con claridad por dónde voy; aparece un túnel largo, voraz como la humedad. Es como una caída eterna donde el fondo no existe. No hay arriba ni abajo ni derecha ni izquierda. La luz se esparce como una explosión, inundando los ojos hasta la ceguera. Por unos segundos dejo de pensar, percibiendo en lontananza ruidos con los tímpanos llenos de agua. De pronto, se detiene. El zumbido ya no se escucha. El agua se ha ido. La luz empieza por ser más tenue; las imágenes se convierten en algo concreto, aunque empañado. Reviso mi cuerpo: no tengo un solo rasguño; mis ropas están secas, destrozadas. Abro y cierro los ojos porque la estela de humo y polvo que dejó la máquina no me dejan ver. Todo se asienta hasta que escucho un sonido como de río. Bajo de la máquina. Mis pies descalzos, los zapatos desaparecieron, pueden sentir la hierba. Un aire suave corre por mis cabellos; un dulce olor a frutas y cocotales penetra por las aletas de la nariz. Estoy en un campo abierto, la vista es formidable. Hay un cielo tan azul que duele observar. El horizonte en mis ojos, ávidos por atraparlo de una sola vez. Camino hacia cualquier lado; me descubro encima de una loma. Hacia abajo se abre un valle lleno de árboles, palmeras y resonancias que no distingo bien.
Me hallo entre un grupo de personas con actitud guerrera, aunque de corazón ingenuo, como niños azorados ante un mundo que no comprenden, que no saben por qué están en él; se lo preguntan y me cuestionan. No sé qué decirles; guardo silencio para no confundirlos con mis conjeturas al respecto.
Cuando salí de la máquina seguí el curso de un largo río, buscando algún referente para saber dónde me encontraba. En uno de los varios atardeceres en que caminé largas jornadas, claramente escuché no muy lejos el murmullo de voces humanas. Dirigí mis pasos hacia ellas; durante el trayecto, quise identificar palabras y extrañamente fui entendiendo la mayoría. Ahí los vi, desnudos del pecho, hombres con taparrabos y mujeres con faldas acampanadas hasta las rodillas. Los vi venir lentamente, con el temor a ser lastimados o agredidos. Me levanté para dirigirles un saludo. Ellos retrocedieron, escondiéndose. Se asomaban de vez en vez para mirar mis movimientos. Pese a todo, logré acercarme a uno; lo tomé de las manos. Los demás observaron, extrañados de mi modo de ser. Lanzando gruñidos o palabras que entendí como preguntas de quién era yo, poco a poco salieron de sus guaridas para rodearme. Me olisquearon por algunos minutos, incluso lamieron la tela desgarrada. Pasaron sus manos por mi rostro, acariciándolo como un objeto delicado. Sonreí para que confiaran en mí; a pesar de eso, tomaron distancia. Me incliné a la orilla del río para tomar agua; ellos hicieron lo mismo. El líquido limpio, me doy cuenta ahora, revitalizó mi cuerpo como lo hace un energético o un combustible.
Eso fue hace treinta años. Vivo en un territorio llamado Saitica, con la tribu de los Sais, en la ciudad del mismo nombre. Me adiestraron en el manejo de armas para la caza de pequeños animales y la recolección de frutos; el alimento que prefieren son los caracoles: los comen por millares. No sé cómo fue, ya lo había dicho, desde el primer momento supe hablar su idioma, un tanto primitivo, porque tenía una ligera semejanza con las lenguas antiguas del norte de África y medio oriente, del año diez mil antes de Cristo, más o menos. Les he enseñado todo lo que sé, en especial la agricultura y nuevos modos de pesca; también les he mostrado cómo almacenar información con dibujos que representan palabras e ideas completas; fue la mejor manera para que entendieran rápido y de modo eficiente; se encuentran muy atrasados con respecto a mi época. Podría decir sin temor a equivocarme que están en pleno mesolítico inferior porque conocen el tallado de las piedras.
Me he convertido en su guía, en su líder. Piensan que soy una diosa porque me vieron descender de la máquina; iba casi desnuda, con los senos de fuera; quizá por eso represento desde el primer día la fertilidad. Les he contado del hundimiento de Atlántida, pero también de su grandeza cultural, de su progreso tecnológico, de sus enormes edificios cúbicos y piramidales, de cómo la metrópolis sobrevivía a pesar de la violencia de los distintos grupos de poder, de cómo en lugar de un río teníamos una fábrica de agua a la que llamábamos Atlas, de cómo dentro de la propia isla había otras islas flotando, que enlazaban todas las embarcaciones de abastecimiento y en la del centro se encontraban los palacios legislativos. Atlántida era una repetición de círculos concéntricos.
Estos hombres y mujeres con los que ahora vivo se hacen llamar egipcios. Yo soy Neith, la diosa fundadora de su estirpe.
A menudo pienso en la frase de mi madre cuando la vi por última vez en Atlántida. No existe una respuesta lógica que cierre esa parte. Pienso una y otra vez en lo que quiso decir sobre mi origen. En mis noches de insomnio, que son muchas y frecuentes, trato de dar con la información adecuada; mi madre se borra paulatinamente. No recuerdo mi infancia ni cómo llegué a su vida; tal vez alguien me regaló con ella.
El agua del río ya no sacia mi sed: cada vez me siento más cansada, como una batería que se descarga sin remedio, como si el aliento se extinguiera. No es que esté vieja, apenas tengo cincuenta y cinco años; me pregunto hasta dónde habrá afectado la máquina del tiempo. Mis días se tornan largos, por donde desfila, como a través de una película, la vida de mi amigo. Nunca sentí nada por él, a pesar de que intentó acercarse. Quizá él me mandó a este momento de la historia para salvarme; no es gratuito que insistiera tanto en los idiomas. Nunca sabré si él era la alternativa para un hijo. No tengo idea de lo que se trata un embarazo y no creo que lo sepa a estas alturas. En esta tribu los hombres nunca me han tocado porque me consideran sagrada.
Levanto la vista, aguzando el oído; unos ruidos me sacan de mis recuerdos. Estoy sentada. A mi alrededor los cazadores discuten sobre los alimentos de la tribu. ¡Había olvidado que teníamos asamblea de preparación para la caza! Me abstraje demasiado. Noto que me observan de un modo especial —casi podría decir que aterrados—, como si estuvieran viendo un monstruo. Un hechicero anciano grita que vea mis manos: la piel está ligeramente desgarrada, como si hubieran pasado una navaja. Debí cortarme en los ramajes, durante la recolección de frutillas. O me lo hice yo misma. Examino y noto con sorpresa que no hay sangre. Traigo a la memoria alguna imagen de heridas o curaciones: no hay nada, nunca sufrí un accidente de gravedad. Con ansia meto el dedo en la rasgadura. Jalo un poco: la piel se rompe como una tela vieja. Debajo de ella aparece una especie de tubo, envuelto con delgados cables multicolores, con pequeños focos que se encienden y apagan, ensamblados junto a resortes, tornillos y tuercas finamente labradas.