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sábado, 18 de mayo de 2013

ADMINISTRACIÓN DE LA ABUNDANCIA


Jorge A. Vale Sánchez*

Vivimos un cambio de época que ya hemos comentado anteriormente, el cual nos hace sujetos de un proceso de transición que a diario se traduce en transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales. Hasta las formas en que juegan nuestros hijos han cambiado drásticamente con respecto a cómo jugábamos hace algunas décadas. En épocas pasadas nuestros juegos eran tales que siempre había en ellos un solo ganador, es decir que por medio de nuestras jugadas poco a poco íbamos venciendo al contrincante, arrinconándolo o tomando ventajas competitivas que nos permitían atribuirnos el triunfo o en todo caso conseguir un empate frente a él. La época actual, con sus nuevos elementos tecnológicos, nos ha permitido jugar de tal manera que en un mismo juego puedan darse diversos ganadores. Es más, incluso ocurre que no haya perdedores, ya que si bien son varios los participantes en el mismo juego interactivo, cada quien personaliza su propio juego, aprovechando y contribuyendo con las jugadas de los demás tanto como las propias para el éxito colectivo. En los juegos de esta nueva época existe cada vez menos el sentimiento de derrota y cada quien, en la medida de sus resultados, se considera a sí mismo ganador.


            Los juegos de niños, si bien reflejan nuestra educación y cultura, también inciden en la formación de hábitos que trascienden la niñez y fundamentan la vida profesional.  Crecer en un ambiente en el que se otorga amor dependiendo de lo que se aporte, es decir en el que te doy dependiendo de lo que me das, nos lleva a buscar siempre un perdedor en escena para poder sentirnos ganadores en dicho proceso. En este ambiente de limitaciones es común escuchar la frase: “o estás conmigo o estás en  mi contra”, y esperar que todo se caracterice como blanco o negro. Difícilmente puede llegarse al consenso, ya que el proceso dialéctico lleva a pensar en discusiones antagónicas, en las que  se llega a confundir el objetivo del juego  y fácilmente se cae en buscar que los otros participantes pierdan o fracasen. El resultado a obtener en esta situación es obviamente, sin importar quién gane o quién pierda, un sentimiento de rivalidad o competencia que lleva paulatinamente a velar sólo por los intereses propios, inhibiendo la capacidad para integrarnos participativamente a grupos de trabajo con un sentimiento de triunfo colectivo. Esta forma de jugar y muchas veces de vivir nos lleva a considerar que los recursos existentes son limitados y por tanto que si alguien está ganando ello significa que con su triunfo nos quita algo que podría ser nuestro.

             Una de las grandes ventajas de la tercera revolución industrial es que ha propiciado nuevos modelos mentales, fundamentados en la amplitud, la holgura y la abundancia, en donde el trabajo de los complementadores es más importante que el de los competidores. Esta nueva mentalidad, en la que todos los jugadores interactuantes llevan su propia medida del éxito, permite evidenciar que las antiguas enseñanzas, aunque parezcan perdidas, resaltan como principios tanto para lo nuevo como para lo moderno. En especial el viejo principio de dar sin esperar nada a cambio, transmitido por las diferentes civilizaciones, nos permite clarificar los modelos actuales con los que tomamos decisiones y pensar proactivamente en cada discusión, tratando de abrir nuevas oportunidades en vez de cerrar opciones. Desde esta perspectiva el principio de negociación se antepone al de discusión antagónica y el trabajo complementario y de cooperación se antepone al de competencia. La fortaleza de los grupos y de las organizaciones públicas proviene, así, de la suma del trabajo complementador, tomando las diferencias entre sus participantes como su mayor fortaleza. Para esta forma de pensar uno se considera ganador sí y sólo sí los demás ganan, el éxito personal promueve el éxito colectivo y de esta forma se impulsa el trabajo de equipo y las decisiones por consenso. En esta visión, en la que todos ganan, se considera que los recursos son ilimitados en el sentido de que siempre podrán construirse respuestas que permitan abrir cada vez mas opciones de éxito colectivo

            El establecimiento de una administración participativa de grupos, en donde el directivo sirve de enlace y líder de su grupo frente a otros grupos, requiere de esta mentalidad de abundancia, que propicia la toma de decisiones por consenso. Cada persona, al igual que la propia institución, resultan ganadores con este modelo.
      
                                                    *Jorge Alberto Vale Sánchez
                                                                  Director General de:
                                             Medios y soluciones Estratégicas                         
                                                                        para la Empresa
      jvmarcortes@gmail.com