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viernes, 28 de diciembre de 2012

Cuestionable perfil de los paceños

Eligio Moisés Coronado 

El Sudcaliforniano
27 de diciembre de 2012

  En alguna de las llamadas redes sociales, un empresario del ramo gastronómico de la capital de Baja California Sur hizo cierto desafortunado comentario acerca de la supuesta holgazanería (que llamó de otro modo más áspero) añadida de ausentismo e impuntualidad de los trabajadores paceños.

La infundamentada e injusta generalización ("todas las generalizaciones son falsas") mucho se asemeja a valoraciones como la del jesuita Johan Jakob Baegert (alemán, misionero de San Luis Gonzaga, siglo XVIII), quien al referirse a los indígenas les endilgaba por lo menos diecisiete denigrantes calificativos, entre los cuales se hallaba, obviamente, el de perezosos; sin embargo advertía que toda la existencia de los californios tenía como denominador común la libertad plena de hacer cada uno lo que le viniese en gana. Esta proclividad al ejercicio absoluto del libre albedrío fue quizá de los factores que dificultó mayormente el sometimiento de los naturales a la nueva y extraña cultura, que pretendía regirlo todo por los horarios, la rutina, las normas y labores para las que estaban lejos de sentir vocación alguna los aborígenes. A pesar de ello, constituyeron la mano de obra que, por ejemplo, levantó las portentosas edificaciones que ahora son orgullo del patrimonio arquitectónico regional.

Determinado gobernante local convocó a los sudcalifornianos a fin de reclutarse para la recolección de algodón en el valle de Santo Domingo; como fueron muy pocos los que se aprestaron a esas tareas, al resto los tildó de flojos. La respuesta popular al respecto fue de inconformidad porque el señor gobernador les había visto (a todos los habitantes del territorio) la cara de piscadores... La necesidad de atender las cosechas obligó a la importación de gente desde el interior del país, sin que nadie opusiera queja, y santo remedio.

Ahora el patrón aludido dicta su veredicto en perjuicio de "todos" los paceños sin más argumento que su vivencia en un asunto particular en el cual quizá él mismo tenga buena parte de la responsabilidad que endosa únicamente a sus empleados.

Tendría que preguntarse con imparcialidad si los capacitó apropiadamente, si les dio trato adecuado, si les retribuyó justamente sus servicios y todo lo demás que es legítimo y recomendable en términos laborales y de armónica convivencia obrero-patronal.

O tal vez el personaje en cuestión expresó tan temerario dictamen en un momento de ira e irreflexión por algunas conductas de sus servidores, sin previo análisis de los motivos, causas y razones de su acusación.

Las generalizaciones, que requieren pocas dosis de cavilación, talento y espíritu investigativo, llevan siempre su propia carga de error. Por un lado son comodinas y se prestan mejor a sustentar el insulto y la calumnia, y por el otro omiten la búsqueda de explicaciones que, como en este caso enojoso (para los empleados, su empleador y la opinión pública), pueden hallarse con algo de interés y voluntad positiva para atenderlo y darle la debida solución antes de llevarlo al híbrido tribunal de las redes sociales.