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domingo, 19 de febrero de 2012

La aspiranta de Presidenta

Francisco Martín Moreno*
A quienes amamos la pureza del castellano.
Desde muy jóvena la candidata a presidenta era ciertamente genia. Cuando apenas era adolescenta, había decidido formar parte del Poder Judicial y llegar a ser jueza por ser ardienta defensora de la justicia. Sus padres y maestros la admiraron por haber sido una gran estudianta, lideresa de su generación, por lo que ya pintaba para llegar a ser, con el tiempo, una gran dirigenta, a diferencia de su hermano, que cuando era igualmente colegialo, dudaba entre ser dentisto o electricisto o periodisto u oculisto. Cuando él se comparaba en silencio inconfesable con su hermana, siendo por igual un auténtico lumbrero, se sentía, de verdad, un hormigo a su lado, mientras ella jamás tuvo complejos de pioja. Invariablemente se comportó como una buena acompañanta, en realidad una generosa parienta que siempre lo protegió al ser diez años mayora. ¿Por qué razón extraña su padre les había puesto Guadalupe a ambos, según constaba en el acta del registro civil? Los dos respondían al nombre de Lupe, aun cuando el oficial de dicha dependencia se apiadó del menor encajándole afortunadamente a última hora, el apelativo de Antonio, obviamente al varón.
Cuando con el paso del tiempo pudieron prescindir del nano, él pensó en llegar a ser el mejor artisto de México siguiendo la tradición familiar, el máximo estrello del firmamento cinematográfico. No deseaba convertirse en un figuro público. La decisión final la tomaría después de cumplir el servicio militar, mismo que terminaría como soldado raso, en tanto que ella no tendría que cumplir con dicho requisito ni tener el grado de soldada rasa, una ventaja a favor de las mujeres y no porque él, en modo alguno, fuera machisto, no, claro que no, sino porque genuinamente respetaba las diferencias sexualas. ¿Cómo imaginar que ella se vistiera de gala con su uniforme de generala de las fuerzas armadas? Ni pensarlo, ella, la hermana mayora, invariablemente se rehusó a hacer uso de la violencia como correspondía a toda buena sera humana, aun cuando, de llegar a ser Presidenta de la República tendría que convertirse en Comandanta en Jefa del Ejército y de la Marina y su marido tendría que aceptar la denominación de primero damo del país, por más extraño que pareciera el cargo social con que se distinguía a la pareja de la futura Jefa de la Nación, en realidad, la primera Jefa de la Nación a lo largo de toda la dolorida historia patria.
Cuando ella decidió ser política en lugar de consagrarse como música, porque en su familia su padre había sido pianisto, su carácter de individua bien articulada y estudiada en el extranjero, le permitió hacerse amiga de una canadiensa y de otra estadunidensa, ambas arquitectas renegadas porque sus respectivos padres deseaban que sus dos hijas fueran comerciantas. Un verdadero horror de futuro profesional para las dos, algo inaceptable.
Lupe, ella, descubrió su clara vocación por el servicio público no como consecuencia de no haber sido jamás una sílfida ni una náyada por más que fuera una mujera inusualmente inteligenta, distinguida y exquisita, sino porque, en realidad, deseaba ayudar a la comunidad de manera honorable y efectiva. Rescataría a los víctimos del hambre, de la ignorancia y de la marginación, sobre todo empeñaría sus mejores esfuerzos por erradicar la violencia doméstica ejercida en contra de sus congéneras con todos los armas a su alcance. Ella no era ninguna ignoranta ni sería una contrincanta fácil ni una aspiranta que aceptara treguas ni negociaciones en la contienda presidencial, es más, ni en su propia casa sería una cónyuga complacienta en su matrimonio ni una consorta fácil y maleable, en todo momento lucharía por su propia superación y por la de todas las de su género. ¡Claro que rechazaba el término hembra por ofensivo! Prefería que los hombres fueran llamados hembros, en todo caso...
En la casa presidencial habría nanas, pilotas de aviones y helicópteros, chefas en la cocina, choferas personalas, pasantas de diversas profesiones en la residencia oficial para que conocieran de cerca la problemática del país. Se rodearía de las mejores asistentas escogidas con arreglo a su capacidad profesional sin distinciones políticas enfermizas. Entablaría un pleito feroz, sin recurrir al ejército, sino a una policía nacional, para acabar con todas las narcotraficantas y sus secuazas, empeñadas en envenenar a la juventud y a la sociedad mexicana en su conjunto. Ella no tendría complejos enanos: se rodearía de un gabinete de notablas, principalmente mujeres, a las que habría que concederles finalmente una oportunidad para dirigir los destinos de México. Los hombres ya se habían cansado de hacer el ridículo.
¡Claro que al llegar al poder acabaría de un solo tajo con la siniestra lideresa de la educación, la misma que tenía secuestrado el futuro de México! A pesar de sus convicciones católicas, lucharía por la supervivencia del Estado laico, cuyo establecimiento había costado tanta sangre. Propondría sin tardanza la redacción de las reformas estructuralas y ejecutaría una gran purga nacional, administraría mucha laxanta a los y las rufianas del patrimonio público. Las mujeres eran muy superiores a los hombres: ella se encargaría de demostrarlo... El verdadero cambio estaba por venir...