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jueves, 2 de junio de 2011

LA ADORACIÓN DE LA RIQUEZA: Por G. K. Chesterton.


G.K. Chesterton.
Observo que se ha introducido en nuestra literatura y periodismo una nueva forma de lisonjear al rico y al grande. En tiempos más sencillos y honestos, la lisonja era también más sencilla y honesta; la falsedad, más verdadera. El pobre que quería agradar al rico le decía que era el más sabio, valiente, alto, fuerte, benévolo y apuesto del mundo, y aunque el rico seguramente sabía que nada de eso era verdad, ningún daño había. Cuando los cortesanos hacían el elogio de un rey, le atribuían cosas de todo punto improbables, diciendo que se parecía al sol del cenit, que cuando entraba en la estancia debían cubrirse los ojos, que sus súbditos no podían vivir sin él o que había conquistado Europa, Asia, África y América con su sola espada. Lo que salvaba esta especie de alabanza era lo artificioso de ella; entre el rey y su imagen pública no había relación alguna. En cambio, los modernos han inventado un tipo de elogio mucho más sutil y ponzoñoso, que consiste en hacer un retrato creíble de la personalidad del príncipe o del rico, reputándolo verbigracia por persona seria, campechana o reservada, o amante del deporte o del arte, para entonces poner por los cuernos de la luna el valor e importancia de estas cualidades naturales. Los que alaban al señor Carnegie no dicen que es sabio como Salomón y valiente como Marte; ojalá lo hicieran. La segunda cosa honesta que a continuación harían sería confesar la verdadera razón de sus elogios, que no es otra que la de que tiene dinero. Los periodistas que escriben sobre el señor Pierpont Morgan no dicen que es tan bello como Apolo; ojalá lo hicieran. Lo que hacen es tomar la vida superficial del hombre rico, sus costumbres, ropa, aficiones, amor a los gatos, desprecio de los médicos y demás, y, fundados en este realismo, convertirlo en un profeta y un mesías de su clase, cuando no es sino un tonto común y corriente al que gustan los gatos o disgustan los médicos. El cumplimentador de antes daba por sentado que el rey era un hombre como cualquier otro y se esforzaba por hacerlo extraordinario; el cumplimentador de hoy, más listo, da por sentado que es extraordinario, y que, en consecuencia, aun lo más ordinario de él reviste interés.

Tengo observada una manera curiosísima de hacer esto. Es la manera que se aplica a seis de los hombres más ricos de Inglaterra en un libro de entrevistas publicado por un conocido y competente periodista. El adulador sabe envolver con ingenio la estricta verdad en una atmósfera de deferencia y misterio, gracias al sencillo método de presentarla en negativo. Supóngase que escribimos un estudio benigno sobre el señor Pierpont Morgan. Quizá no haya mucho que decir acerca de lo que piensa, gusta o admira; pero podemos insinuar todo un mundo de gustos y pensamientos ponderando por extenso aquello que no piensa, gusta ni admira. Por ejemplo: «Poco atraído por las más modernas escuelas de la filosofía alemana, se mantiene alejado de las tendencias del panteísmo trascendental con no menor determinación que de los estrechos éxtasis del neocatolicismo». O supóngase que hemos de hacer el elogio de una asistenta que acaba de entrar en casa, y que sin duda lo merece con creces. Digamos: «Sería un error reputar a la señora Higgs por seguidora de Loisy, ya que su posición es en muchos aspectos diferente. Pero no menos erróneo sería identificarla con el hebraísmo de Harnack». Es un método excelente, pues da ocasión al cumplimentador de hablar de algo que no es propiamente el cumplimentado, y confiere a este un chocante, pero luminoso, halo intelectual, como de persona que ha atravesado crisis filosóficas de las que antes no tenía conciencia. Método excelente, digo, que, empero, me gustaría ver aplicado más veces a las asistentas que a los millonarios.

Hay otra manera de adular a las personas eminentes que, observo, es muy común entre quienes escriben en periódicos o en otras partes. Consiste en calificarlas de «sencillas», «tranquilas» o «modestas» sin razón ni justificación alguna. Ser sencillo es lo mejor del mundo; ser modesto, lo segundo mejor del mundo. No estoy tan seguro de que ser tranquilo vaya aparejado. Más bien me inclino a pensar que las personas modestas alborotan mucho. Que también lo hacen las personas sencillas es algo que salta a la vista. Pero sencillez y modestia son, al menos, virtudes muy raras, que no deben atribuirse a la ligera. Pocos hombres, y esos solo ocasionalmente, se han elevado a la categoría de modestos; a nadie con diez o veinte años han vuelto sencillo largas guerras, como pueden haber vuelto sencillo a un soldado veterano. Estas virtudes no pueden prodigarse por simple adulación; muchos profetas y hombres rectos han deseado verlas y no las han visto. En cambio, se las usa, con mucha frecuencia y sin ningún juicio, para referir el nacimiento, vida y muerte de muchos hombres ricos. Cuando un periodista quiere describir cómo un político eminente o un hombre de negocios (que vienen a ser la misma cosa) entran en una habitación o andan por la calle, dice siempre: «El señor Midas iba modestamente vestido con un abrigo negro, un chaleco blanco, unos pantalones gris perla, una corbata verde y una sencilla flor en el ojal». Como si alguien hubiera esperado verlo vestido con un traje rojo o unos pantalones de lentejuelas, y con una girándula ardiendo en el ojal.

Pero este método, si ya es bastante absurdo aplicado a la vida cotidiana de la gente de mundo, resulta intolerable cuando se lo aplica, como siempre se hace, a una circunstancia que es seria incluso en la vida de los políticos: la muerte. Cuando nos han dado bastante la lata describiéndonos el sencillo vestuario del millonario, que es tan complicado como cualquier vestido que pudiera ponerse sin parecer loco; cuando nos han hablado de la modesta casa del millonario, que suele ser demasiado inmodesta para llamarse casa; cuando nos lo han dado a conocer por medio de todas estas alabanzas huecas, al final se nos pide que admiremos también su tranquilo funeral. No sé qué otra cosa piensa la gente que puede ser un funeral sino tranquilo. Sin embargo, una y otra vez, esta irritante cantinela de la modestia y la sencillez se entona sobre la tumba de todos esos pobres hombres ricos –sobre la tumba de Beit, sobre la tumba de Whiteley–, por los cuales deberíamos sentir más que nada una inefable piedad. Recuerdo que cuando Beit murió, la prensa dijo que toda la gente importante iba en los coches fúnebres, que los tributos florales fueron suntuosos y espléndidos, pero que, con todo, fue un entierro tranquilo y sencillo. ¿Cómo se pensaban que podía ser, en el nombre de Aqueronte? ¿Creían que habría sacrificios humanos, inmolación en la lápida de esclavas orientales? ¿Que desfilarían bailarinas orientales contoneándose en un paroxismo de lamentación? ¿Que se celebrarían los juegos fúnebres de Patroclo? Temo que esos periodistas carecen de tan magnífico sentido pagano. Temo que solo usaban las palabras «tranquilo» y «modesto» para llenar una página, porque son un recurso de esa hipocresía automática demasiado común entre quienes han de escribir mucho y rápido. La palabra «modesto» será pronto como la palabra «honorable» para los japoneses, que la usan al parecer precediendo toda palabra en frases de cortesía: «Deje el honorable paraguas en el honorable paragüero». En el futuro leeremos que el modesto rey déjase ver con su modesta corona, cubierto de arriba abajo de modesto oro y acompañado por sus diez mil modestos condes, con las espadas modestamente desenvainadas. ¡No! Si tenemos que pagar por el esplendor, permítasenos que lo elogiemos por esplendoroso, no por modesto. La próxima vez que vea a un hombre rico por la calle, pienso abordarlo con exageración oriental. Seguro que echa a correr.